Sociedad

Cacho Ali, un hombre que le dio color a la radio

Quien puede detenerse a sentir una radio durante este tiempo, advertirá su queja de bandoneón. Aquella que era la reina del hogar, dictaminando los horarios del almuerzo, la merienda y la cena, y que podía despertar las más profundas emociones con solo permitir que una de sus pocas teclas pasara de apagado a encendido, hoy ocupa un papel de reparto en una comedia vertiginosa protagonizada por múltiples pantallas tan diminutas como la palma de una mano.

En honor al recuerdo grato de esa caja tan simple como mágica es que seguimos tras las voces y los oídos que la hicieron crecer tanto.

En este viaje por nuestra historia reciente nos vamos a los domingos de la década del 90, cuando la ciudad parecía tener una propaladora. Mientras en cada hogar se iban haciendo a fuego lento los asados, la inconfundible y potente voz de Oscar Perea conducía Tandil y su gente, radio color en Radio Tandil.

Tan audaz como creativo, Perea supo cautivar a los oyentes también gracias a la confianza que le dio a Jorge Cacho Ali, el movilero que desde la Trafik de la emisora madre transmitió cada evento, por más modesto que fuera, como si a esa hora fuera el hecho más trascendente del planeta.

Por la pasión en su narración, Ali hizo que el polideportivo Duggan Martignoni, donde un centenar de estudiantes alentaban a sus equipos en el Torneo Interfacultades, se transforme en el escenario de una final de un mundial a estadio lleno. “Relaté atletismo, carreras de motos de niños de diez años, olimpiadas estudiantiles, vóley y tantas jornadas como esas. Oscar me decía que si veía algo de gente parara y relatara. En ocasiones, los mismos oyentes me decían que, aunque compitieran dos equipos locales con un marco de público bastante reducido, daba la sensación de que estábamos en la Bombonera, (risas) porque yo trataba de contar lo que sentían los protagonistas y dejaba que el micrófono tomara lo más posible el sonido ambiente”, cuenta.

Su capacidad para hacer nacer la atención, dibujando con palabras pequeñas escenas de la vida cotidiana fue un mérito propio con horas al aire desde el móvil de LU 22 reforzado por su trayectoria como activo oyente.

Cuando queda un mes y medio para que cumpla 36 años como periodista (comenzó a trabajar el 14 de mayo de 1984), acepta conversar de su vida profesional; pero, hechizado por una marea de dulces recuerdos, se detiene en los años en los que disfrutaba junto a su padre escuchando los partidos del club de sus amores, cuando solo tenía 8 abriles. “Papá seguía la campaña de Boca. Recuero a Lalo Pelliciari en Radio Mitre. Parece que lo estoy viendo: mi viejo anotaba en un cuaderno con un palito cada gol. Yo estaba al lado de él y lo miraba. No me voy a olvidar nunca de eso”, dice con una voz que contagia ternura, y después deja emigrar de su memoria aquellas tragedias, desencuentros y aventuras que podía ver aunque no tuviera actores delante suyo.

“En lo de mi abuela se escuchaba los radioteatros. Recuerdo los capítulos del León de Francia. Omar Aladio era el malo. Estaba también Adalberto Campos, con esa voz grave. Uno sentía la cortina musical del programa y se impresionaba”, dice y las palabras son acompañadas por una mirada que se pierde en el horizonte, que no ve la cervecería que ocupa el lugar dejado años atrás por El Ideal sino su propia vida poblada de los sonidos que lo marcaron para siempre.

Tras esos empachos de tragedia y comedia, en los que también aparecen Juan Moreira, Sandokán,  y Los Pérez García, ganaba lugar la música que aún sigue amando. “A las 20.15 en punto empezaba el Glostora Tango Club con Alfredo De Angelis que a mí me encantaba. Esa pasión me llevó a ver más tarde a las grandes orquestas a Ramón Santamarina, cuando era un club no solo de fútbol, sino una institución social. En el Hotel Torino de Yrigoyen y Sarmiento trabajaba un tío que me hacía pasar para ver a esos grandes que conocí por la radio. Ahí pude saludar a muchos de los mejores músicos del país”, narra.

Se entiende así su notable emoción cuando exhibe la imagen que registra la visita de Osvaldo Pugliese a Tandil.  “La única foto de su última visita a nuestra ciudad es ésta, ves, Ale. Año 1990 o 1991, creo.  Yo lo fui a buscar con el móvil de la radio. Juancho Martínez Belza y Oscar Perea buscaron desesperadamente a un fotógrafo desde el estudio y no encontraron ninguno; pero cuando lo llevé devuelta al maestro al hotel Kaiku, donde lo esperaba su orquesta a almorzar, apareció, como de la nada, un tipo con una cámara y le pedí que registrara el momento”, cuenta. Las otras escenas que permanecen congeladas en su álbum de momentos inolvidables lo muestran conduciendo una velada de box junto a Hernán Santos Nicolini, que relató el nocaut de Monzón a Nino Benvenuti; en una entrevista al árbitro Javier Castrilli, cuando vino a la velada en honor al prestigioso boxeador César Villarruel; recibiendo el Martín Fierro; junto a Teté Coustarot; en un agasajo que brindaron en el Concejo Deliberante de Tandil; y saludando a Carlos Bianchi y al Tano Pernía, ídolos de su club.

Cualquier oyente disfrutaría horas escuchando sus relatos que describirían no solo el medio que tanto sigue amando sino otro mundo, otra ciudad, otras vidas. “Mis ídolos máximos fueron los hermanos Emiliozzi. Los quería tanto que les mandé la invitación para el casamiento. ¡Podés creer que media hora antes de entrar a la iglesia recibo un telegrama de ellos saludándome! ¡Te podés imaginar lo que significaba ese gesto para un muchacho tan fanático de Los Gringos como yo! Lo cuento y me vuelvo a emocionar”, relata y tras un punto y aparte otra vez se ve así mismo escuchando y aprendiendo periodismo deportivo, cuando Argentina recuperaba la democracia y el fútbol criollo llegaba a tener “un equipo maravilloso con Víctor Hugo, Néstor Ibarra, Diego Bonadeo, Marcelo Araujo, Adrián Paenza y Alejandro Apo, entre otros, en Sport 80, en Radio Mitre”

Estas líneas sueltas son para salvar del infierno del olvido todo el trabajo que hombres y mujeres de Tandil y la región hicieron para informar y acompañar a sus vecinos. El periodista que hoy protagoniza esta página, un grandote de un metro ochenta, que sigue nombrando a papá y a mamá como si ahora mismo ellos lo estuvieran esperando para tomar la leche y escuchar a Tarzán otra vez, ayuda también a recorrer ese paisaje urbano tan nuestro y universal como Bepo Ghezzi.

Con sus manos fuertes de basquetbolista y metalúrgico, Cacho Ali muestra con tanto orgullo como nostalgia esas fotos que están impresas en papel y en su alma. En una se lo ve con 18 años siendo capitán del equipo de básquet de Ramón Santamarina; en otra de pantalón corto y camiseta de Boca, apoyado sobre sus rodillas, junto al cuervo Osvaldo Soriano, cuando ambos apenas tenían un puñado de años y la vida sabía a miel. El genial escritor tiene entre sus manos una pelota; los dos están delante de una bicicleta inglesa, en un patio de antiguas baldosas que bien podría haber servido para rodar la película Cinema Paradiso. “Uh, casi me olvido de ésta, sería imperdonable. ¡Mirá, el más grande!”, anuncia y exhibe su propia imagen abrazando a Dante Emiliozzi. Después como quien canta retruco, saca otra con Luis Rubén Di Palma.

Quien lo entrevista comprueba una paradoja. Las fotos son todas en blanco y negro, pero aquellas horas de radio y de vida eran una acuarela.

Sobre el autor de la nota

Esta nota fue realizada por Alejandro Latorre, Licenciado en Comunicación social que se desempeña en la Universidad Nacional del Centro desde 2005, tras haber trabajado en medios de Tandil y la región. Latorre documenta en un libro y en una radio las voces de los obreros de la palabra en el sudeste bonaerense para rendirles un homenaje este año, cuando se cumple un siglo de la primera transmisión radial de Los locos de la azotea, el grupo integrado por los pioneros Enrique Susini, César Guerrico, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica.

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